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Inmunosenescencia e «inflammaging»: cómo envejece el sistema inmunitario y qué puede hacer al respecto

Vitamina DZincSelenioAminoácidos

Con el paso de los años, el cuerpo experimenta cambios; esto también afecta a las defensas. A partir de cierta edad, muchas personas notan que se vuelven más propensas a las infecciones o que tardan más en recuperarse tras una enfermedad. Al mismo tiempo, aumentan las dolencias crónicas sin que se pueda identificar una causa clara. Los científicos agrupan estos procesos, estrechamente interrelacionados, bajo los términos «inmunosenescencia» (envejecimiento del sistema inmunitario) e «inflammaging» (inflamación silenciosa asociada a la edad). 

En esta guía descubrirá qué procesos bioquímicos subyacen a estos cambios inmunitarios, qué consecuencias pueden acarrear y qué papel desempeñan los micronutrientes y las proteínas.

Inmunosenescencia: cuando a las células defensivas se les agota la fuerza

La inmunosenescencia se refiere al declive general del funcionamiento del sistema inmunitario asociado a la edad. Afecta principalmente a la defensa específica, también denominada defensa adaptativa. A diferencia de la defensa innata, presente desde el nacimiento, la defensa adaptativa debe ajustarse específicamente a patógenos nuevos y hasta entonces desconocidos. En este proceso, desarrolla una memoria inmunitaria.

En el centro de este proceso se encuentra un órgano pequeño, a menudo subestimado: el timo.

¿Qué es exactamente el timo?

El timo es un órgano pequeño situado detrás del esternón, por encima del corazón. A veces se confunde con la glándula tiroides; sin embargo, en realidad, ambos órganos no tienen ninguna relación entre sí.

Mientras que la tiroides produce hormonas para el metabolismo, el timo actúa como el «centro de formación» principal del sistema inmunitario: en él, células precursoras inmaduras procedentes de la médula ósea maduran hasta convertirse en células T especializadas (linfocitos T) —llamadas así por el timo, donde reciben su impronta—. Durante este proceso, el timo dota a las células en desarrollo de dos capacidades fundamentales:

  • distinguir las estructuras ajenas al organismo de los tejidos propios;
  • ser capaces de reaccionar ante un espectro extremadamente amplio de posibles patógenos.

Cómo se reduce el timo con el paso de los años

En relación con el tamaño corporal, el timo es más grande y más activo en los niños.

Alcanza su peso absoluto máximo —entre 35 y 50 gramos— durante la pubertad.

A partir de ese momento, el órgano experimenta una regresión continua; un proceso que los médicos denominan involución tímica. Hasta aproximadamente los 40 o 50 años de edad, pierde cada año alrededor de un 3 % de su tejido funcional; posteriormente, este proceso de regresión se ralentiza hasta situarse en torno al 1 % anual.

El tejido funcional del timo es sustituido progresivamente por tejido adiposo y conectivo. En una edad avanzada, el timo produce solo una fracción de las células T que generaba durante la infancia.

¿Qué sucede cuando se producen menos células T nuevas?

Debido a la regresión progresiva del timo, con el paso de los años se generan cada vez menos células T nuevas capaces de renovar la reserva de células defensivas.

Además, a lo largo de la vida, una proporción creciente de células T —creadas por el organismo para combatir patógenos ya conocidos— va envejeciendo. En teoría, estas células deberían actuar como células de memoria para proporcionar una protección duradera. Sin embargo, con el tiempo, muchas de ellas se vuelven senescentes: dejan de dividirse y apenas responden a nuevos estímulos, pero tampoco mueren, acumulándose así en el organismo. Dado que el timo apenas aporta nuevas células, esta creciente proporción de células «agotadas» no puede compensarse adecuadamente con la llegada de nuevas células T.

El resultado es un doble problema: ante virus o bacterias nuevos y hasta ahora desconocidos, el organismo reacciona de forma más lenta y menos precisa, debido a la escasez de células T nuevas y versátiles. Al mismo tiempo, las células inmunitarias acumuladas y agotadas ya no realizan una contribución defensiva relevante.

Inflammaging: La inflamación silenciosa en el cuerpo

Las células T envejecidas, que ya no se dividen pero tampoco mueren, liberan mensajeros proinflamatorios, a pesar de que no existe ninguna amenaza aguda. Los macrófagos («células devoradoras») y otras células de la defensa innata —inespecífica— también contribuyen a este proceso: liberan pequeñas cantidades de estos mensajeros, conocidos como citoquinas. En la juventud, estas señales suelen desactivarse de manera eficaz una vez que una infección ha remitido o una herida ha sanado. Con la edad, esta «desactivación» resulta cada vez más deficiente.

El resultado es un estado de inflamación crónica de bajo grado en todo el organismo; sin una enfermedad aguda, sin fiebre y, a menudo, sin síntomas perceptibles en las etapas iniciales. Para describir este fenómeno, los investigadores han acuñado el término «Inflammaging», una combinación de las palabras inglesas «Inflammation» (inflamación) y «Aging» (envejecimiento).

Esta inflamación silenciosa rara vez se limita a un solo órgano. Puede afectar a prácticamente cualquier tejido y, según los investigadores, está relacionada con una gran variedad de dolencias asociadas al envejecimiento.

Entre los factores adicionales que lo favorecen se encuentran, entre otros, la disminución de la capacidad de las células envejecidas para eliminar restos celulares y depósitos (autofagia), así como alteraciones en la mucosa intestinal y en el microbioma intestinal.

¿Cuál es la diferencia entre inmunosenescencia e «inflammaging»?

Ambos procesos están interrelacionados, pero describen fenómenos distintos:

La inmunosenescencia se refiere al deterioro general del funcionamiento del sistema inmunitario asociado a la edad; en este proceso, disminuyen células defensivas específicas —como los linfocitos T— y el organismo se vuelve más vulnerable a las infecciones.

El «inflammaging», por su parte, describe una inflamación crónica de baja intensidad en todo el organismo, originada tanto por linfocitos T envejecidos como por células del sistema inmunitario innato, lo que deriva en una inflamación persistente que daña las células.

En conjunto, ambos procesos aceleran el envejecimiento biológico.

Las consecuencias: desde la susceptibilidad a las infecciones hasta el estrés oxidativo

La inmunosenescencia y el *inflammaging* (inflamación asociada al envejecimiento) pasan desapercibidos durante mucho tiempo, ya que ambos procesos se desarrollan de forma gradual a lo largo de los años. Sin embargo, llega un momento en que sus efectos se hacen patentes; por lo general, se manifiestan inicialmente a través de molestias inespecíficas que muchas personas atribuyen, en un primer momento, simplemente a «la edad».

  • Procesos infecciosos más prolongados: Las infecciones que, en etapas más jóvenes, se superaban en pocos días, a menudo se prolongan más en la vejez, debido a que se dispone de un menor número de células defensivas funcionales y recién formadas.
  • Peor cicatrización de heridas: La regeneración de los tejidos es un proceso finamente regulado en el que las células inmunitarias desempeñan un papel fundamental. Si su función se altera, la cicatrización de las heridas puede verse retrasada.
  • Aumento del estrés oxidativo: La actividad persistente y de bajo grado del sistema inmunitario, característica del *inflammaging*, conlleva una mayor producción de radicales libres. Si no se neutralizan, estos compuestos reactivos de oxígeno pueden dañar estructuras celulares como las membranas, las proteínas e incluso el ADN.
  • Agotamiento perceptible: Un sistema inmunitario que permanece constantemente activo «en segundo plano» consume energía y recursos; este factor puede contribuir a una sensación general de agotamiento y a una menor capacidad de resistencia en la vejez.

Estos síntomas ilustran cómo un sistema inmunitario debilitado —pero, al mismo tiempo, crónicamente activado— puede suponer una doble carga para el organismo durante el envejecimiento.

Micronutrientes en la tercera edad: apoyo para el sistema inmunitario y la protección celular

Para que las células inmunitarias puedan desempeñar sus funciones, requieren un aporte suficiente de determinadas vitaminas y oligoelementos. Sin embargo, con el envejecimiento, cambian las condiciones necesarias para garantizar un buen aporte de micronutrientes: la absorción intestinal suele disminuir —debido, por ejemplo, a una menor producción de ácido gástrico o a cambios en la mucosa intestinal—, mientras que, al mismo tiempo, aumenta la demanda del organismo a causa de procesos inflamatorios crónicos de baja intensidad. Esto puede generar un desequilibrio entre el aporte y el consumo.

Es precisamente aquí donde resulta útil un apoyo específico. La ciencia se centra especialmente en cuatro micronutrientes en lo que respecta al funcionamiento del sistema inmunitario y la protección de las células frente al estrés oxidativo: la vitamina D, la vitamina C, el zinc y el selenio.

Vitamina D: la «vitamina del sol» y su efecto en las células defensivas

Casi todas las células del sistema inmunitario presentan un receptor de vitamina D en su superficie; un dato que pone de manifiesto la estrecha relación existente entre ambos.

Cuando las moléculas activas de vitamina D se unen a estos receptores, influyen directamente en los genes celulares. Por ejemplo, estimulan a los fagocitos (células fagocíticas) para que produzcan sustancias defensivas propias, como la catelicidina: pequeñas proteínas capaces de atacar directamente a los patógenos. Al mismo tiempo, la vitamina D ayuda a regular la respuesta de los linfocitos T, garantizando que la defensa sea precisa pero sin llegar a ser excesiva. De este modo, la vitamina D contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario.

El organismo sintetiza la mayor parte de su vitamina D por sí mismo, gracias a la acción de la luz solar sobre la piel. No obstante, esta capacidad de síntesis propia disminuye con la edad y, en países como Alemania, resulta insuficiente durante los meses de octubre a marzo.

Por ello, para muchas personas mayores resulta conveniente realizar un control periódico de los niveles de vitamina D y, si es necesario, recurrir a la suplementación adecuada; encontrará más información al respecto en la guía «La dosis correcta de vitamina D para adultos y niños».

Vitamina C: alta presencia en fagocitos y linfocitos

Los glóbulos blancos, como los fagocitos y los linfocitos, contienen una concentración de vitamina C muy superior a la que se encuentra en el plasma sanguíneo. Una de las razones es que, en su lucha contra los patógenos, los fagocitos liberan compuestos de oxígeno agresivos para neutralizarlos; en este proceso, la vitamina C protege las propias estructuras celulares del fagocito frente a estos radicales libres generados por él mismo. Al mismo tiempo, favorece la movilidad de los fagocitos, permitiéndoles desplazarse con mayor rapidez hacia el foco de una infección. De este modo, la vitamina C contribuye al funcionamiento normal del sistema inmunitario.

El cuerpo humano no puede producir vitamina C por sí mismo, por lo que depende de un aporte regular a través de la alimentación. Además, al ser una vitamina hidrosoluble, no se almacena en cantidades significativas.

Zinc y selenio: cofactores para las células inmunitarias y la protección celular

Tanto el zinc como el selenio son necesarios para el funcionamiento normal del sistema inmunitario, aunque cada uno de estos oligoelementos desempeña funciones específicas. Al mismo tiempo, contribuyen a la protección frente al estrés oxidativo, antes de que los radicales libres puedan dañar las estructuras celulares.

El zinc es necesario, entre otros lugares, en el timo para la maduración de nuevas células T; además, interviene en más de 300 reacciones enzimáticas adicionales en el organismo, actuando también como cofactor de la enzima antioxidante superóxido dismutasa. Con el avance de la edad, no es raro presentar un nivel insuficiente de zinc: las personas mayores suelen ingerir menos zinc a través de su alimentación. Al mismo tiempo, disminuye la capacidad del organismo para absorber este mineral de los alimentos.

El selenio se incorpora a proteínas —denominadas selenoproteínas— que participan en la regulación de las células inmunitarias. Una de ellas es la enzima antioxidante glutatión peroxidasa. Dado que los suelos en gran parte de Europa son pobres en selenio, a menudo resulta difícil obtener una cantidad suficiente a través de alimentos de origen vegetal; por el contrario, los alimentos de origen animal —como el pescado, la carne o los huevos— suelen considerarse una fuente más fiable de este elemento. Con la edad, los niveles de selenio tienden a disminuir aún más en muchas personas; un factor que influye en ello es que, a menudo, la alimentación en la vejez es menos variada.

Consejo de FormMed: Cobertura básica en lugar de preparados individuales

Quienes desean complementar micronutrientes específicos —como la vitamina D, la vitamina C, el zinc o el selenio— suelen recurrir a varios preparados de un solo componente. Por el contrario, una cobertura básica bien equilibrada abarca estos y otros micronutrientes relevantes en la edad adulta a través de un único complejo, adaptado a las necesidades específicas de esta etapa; un ejemplo de ello son Multi-in-form® Frau 65+ y Multi-in-form® Mann 65+.

En sus preparados, FormMed utiliza materias primas con una alta biodisponibilidad y dosis cuidadosamente ajustadas, permitiendo así que el organismo absorba los nutrientes de forma óptima sin someterse a una carga innecesaria.

Las proteínas en la tercera edad: componentes básicos para anticuerpos y células inmunitarias

Al igual que los músculos, el sistema inmunitario requiere un suministro constante; este se obtiene principalmente de las proteínas, que están compuestas por aminoácidos, sus unidades estructurales básicas. Los anticuerpos (inmunoglobulinas) son, en sí mismos, moléculas proteicas. Asimismo, la rápida proliferación de células T y B durante una respuesta inmunitaria exige grandes cantidades de aminoácidos.

En este contexto, los investigadores estudian especialmente los aminoácidos de cadena ramificada —conocidos como BCAA— y la glutamina, que las células inmunitarias de rápida división utilizan como fuente preferente de energía y material estructural. Si el aporte proteico es insuficiente, la disponibilidad de estos componentes puede verse limitada, lo que podría repercutir en la respuesta inmunitaria.

Con la edad, la ingesta de proteínas a través de la dieta suele disminuir, a menudo debido a una menor apetito o a dificultades para masticar y tragar. Al mismo tiempo, un sistema inmunitario crónicamente activado —fenómeno conocido como *inflammaging*— consume aminoácidos de forma continua para producir mensajeros, enzimas y anticuerpos. Por ello, suele ser más práctico planificar la ingesta en porciones más pequeñas y ricas en proteínas a lo largo del día; por ejemplo, mediante alimentos de textura blanda o en formato líquido —como huevos revueltos, yogur, queso fresco o batidos de proteínas—, que resultan más fáciles de masticar y tragar que las comidas abundantes.

La alimentación y el estilo de vida como contrapuntos del «inflammaging»

Además de un aporte específico de micronutrientes y una cantidad suficiente de proteínas, el patrón alimentario general también se sitúa en el foco de la investigación sobre el «inflammaging». Los científicos investigan, en particular, cómo un patrón alimentario rico en fitoquímicos —como el de la dieta mediterránea— influye en la inflamación silenciosa durante el envejecimiento.

Entre los componentes típicos de una alimentación asociada a un perfil más favorable de *inflammaging* (inflamación asociada al envejecimiento) se encuentran:

  • Frutas y verduras ricas en polifenoles: las bayas, las verduras de hoja verde, las hortalizas del género *Allium* (como la cebolla y el ajo) y las hierbas aromáticas contienen numerosos fitoquímicos, cuyo efecto sobre los marcadores inflamatorios está siendo objeto de estudio.
  • Pescado azul (rico en grasas): el salmón, la caballa y el arenque aportan ácidos grasos omega-3, que sirven como precursores de moléculas señalizadoras encargadas de resolver la inflamación.
  • Cereales integrales: los productos integrales, ricos en fibra, ejercen un efecto beneficioso sobre la microbiota intestinal, la cual mantiene una estrecha relación con el sistema inmunitario.
  • Legumbres, frutos secos y aceites vegetales de alta calidad: además de fibra, aportan minerales como el zinc y el selenio, así como vitamina E.

Por el contrario, conviene evitar los alimentos proinflamatorios: diversos estudios han vinculado reiteradamente un alto consumo de productos ultraprocesados, grasas trans y azúcares refinados con un estado inflamatorio más desfavorable.

La actividad física regular es uno de los factores del estilo de vida con mayor respaldo científico para influir favorablemente en el equilibrio entre la inmunosenescencia y el *inflammaging* (inflamación asociada al envejecimiento). En este sentido, lo que resulta determinante no es tanto la intensidad como la regularidad; una combinación de actividades de resistencia —como caminar a paso ligero, montar en bicicleta o nadar— y un entrenamiento de fuerza moderado se considera especialmente eficaz.

La alimentación, la actividad física y un aporte específico de micronutrientes constituyen los tres pilares fundamentales para influir positivamente en este proceso natural de envejecimiento.

Conclusión: Abordaje específico de la inmunosenescencia y el «inflammaging»

La inmunosenescencia y el «inflammaging» (envejecimiento inflamatorio) son dos caras de un mismo proceso de envejecimiento: mientras que la respuesta inmunitaria específica pierde eficacia —debido, en parte, a la atrofia gradual del timo—, el sistema inmunitario innato se vuelve crónicamente hiperactivo, emitiendo de forma constante señales de inflamación de bajo grado. Ambos procesos contribuyen a una mayor susceptibilidad a las infecciones, así como a otras numerosas dolencias asociadas a la edad.

Dado que, con el paso de los años, la ingesta de micronutrientes y proteínas suele disminuir —mientras que, por el contrario, la demanda aumenta debido a la actividad inflamatoria persistente—, resulta fundamental prestar especial atención al estado nutricional. Un aporte específico de vitamina D, vitamina C, zinc y selenio, junto con una cantidad adecuada de proteínas, puede ser de gran ayuda; todo ello enmarcado en una dieta antiinflamatoria y la práctica regular de ejercicio físico, pilares fundamentales para la salud. Lo ideal es determinar la suplementación más adecuada para cada caso particular en consulta con un médico o terapeuta, apoyándose en los resultados de análisis de laboratorio.

Preguntas frecuentes sobre la inmunosenescencia y el «inflammaging»

¿Qué es la inmunosenescencia?

La inmunosenescencia se refiere al deterioro general del funcionamiento del sistema inmunitario asociado a la edad; afecta, sobre todo, a la respuesta inmunitaria específica, es decir, a la parte del sistema inmunitario que se adapta de forma precisa para hacer frente a patógenos nuevos y hasta entonces desconocidos.

Una de las causas es la atrofia gradual del timo, lo que conlleva una menor producción de nuevas células T. Por otro lado, a lo largo de la vida se van acumulando células T envejecidas que apenas conservan su funcionalidad. Como resultado, el organismo reacciona de manera más lenta y menos eficaz ante patógenos nuevos y desconocidos.

¿Cuál es la diferencia entre inmunosenescencia e inmunosenescencia?

«Immunseneszenz» e «Immunoseneszenz» son dos formas de escribir un mismo término; en ambos casos, se hace referencia al deterioro del funcionamiento del sistema inmunitario asociado a la edad. La forma más habitual en el ámbito de habla alemana, y la técnicamente correcta, es «Immunoseneszenz» (con «o»).

¿Qué es el «inflammaging»?

El «inflammaging» describe una actividad inflamatoria crónica de bajo grado que surge en el organismo con el envejecimiento, sin que exista una enfermedad aguda reconocible. Los responsables son tanto las células T en proceso de envejecimiento como los fagocitos hiperactivos; ambos liberan de forma continua mensajeros que promueven la inflamación. El término es una combinación de las palabras inglesas «inflammation» (inflamación) y «aging» (envejecimiento).

¿Qué causa el «inflammaging»?

Se considera que la causa principal reside en las células T envejecidas y en los fagocitos hiperactivos, que liberan de forma continua mediadores proinflamatorios. Otros factores que contribuyen a este proceso son la menor capacidad de las células envejecidas para eliminar los restos celulares, así como las alteraciones en la microbiota intestinal y en la barrera de la mucosa intestinal asociadas al envejecimiento.

¿Cómo se trata el «inflammaging»?

El enfoque se centra en tres pilares complementarios: una alimentación que minimice la inflamación, la práctica regular de ejercicio moderado y un aporte específico de micronutrientes —vitamina D, zinc, selenio y vitamina C—.

Dado que se trata de un proceso de envejecimiento natural, no es posible una «curación» completa en el sentido tradicional; sin embargo, sí es posible lograr una mejora notable en el estado inflamatorio. Lo ideal es consultar el abordaje más adecuado para cada caso particular con un médico o terapeuta.

¿Qué ayuda contra el «inflammaging»?

Se considera beneficiosa una alimentación de carácter antiinflamatorio, basada en el modelo mediterráneo. Esta se caracteriza por ser rica en alimentos de origen vegetal, grasas saludables y compuestos fitoquímicos, y pobre en productos altamente procesados ​​y azúcar. A esto se suma la práctica regular de ejercicio moderado, así como un aporte suficiente de vitamina D, zinc, selenio y vitamina C: estos cuatro micronutrientes contribuyen al funcionamiento normal del sistema inmunitario y a la protección de las células frente al estrés oxidativo.

¿Qué alimentos ayudan contra el «inflammaging»?

En relación con un perfil inflamatorio más favorable durante el envejecimiento, se destacan especialmente las frutas y verduras ricas en polifenoles, como las bayas, las hortalizas de hoja verde y las plantas del género *Allium* (como la cebolla). Asimismo, se consideran beneficiosos el pescado azul —rico en grasas—, como el salmón, la caballa o el arenque, así como los productos integrales, las legumbres, los frutos secos y los aceites vegetales de alta calidad.

Por el contrario, los alimentos altamente procesados, las grasas trans y un elevado contenido de azúcar repercuten negativamente en el estado inflamatorio.

¿Qué es exactamente el timo?

El timo es un órgano pequeño situado detrás del esternón, por encima del corazón. A veces se confunde con la glándula tiroides, pero tiene una función completamente distinta: en el timo, las células precursoras provenientes de la médula ósea maduran hasta convertirse en células T especializadas, responsables de la respuesta inmunitaria específica.

¿Qué función tiene el timo?

El timo es el “centro de entrenamiento” central del sistema inmunológico. Enseña a las células T en maduración a distinguir estructuras extrañas del propio tejido del cuerpo. Al mismo tiempo, garantiza que se cree el espectro más amplio posible de células T que puedan reaccionar ante muchos patógenos diferentes.

¿Se puede vivir sin timo?

Sí, las personas a las que se les ha tenido que extirpar el timo pueden, por lo general, vivir sin este órgano. El factor decisivo es el momento: en la edad adulta, el timo ya ha cumplido gran parte de su función, dado que para entonces ya se ha establecido la diversidad fundamental de las células T. Si, por el contrario, se extirpa durante la infancia, el desarrollo del sistema inmunitario puede verse limitado.

¿Cuándo se atrofia el timo?

La regresión del timo (involución tímica) comienza ya en la pubertad y prosigue de forma continua a partir de entonces. Hasta aproximadamente los 40 o 50 años de edad, el órgano pierde alrededor de un 3 % de su tejido funcional cada año; posteriormente, este proceso de regresión se ralentiza hasta situarse en torno al 1 % anual. El tejido tímico funcional es sustituido progresivamente por tejido adiposo y conjuntivo, de modo que, en edades avanzadas, solo se alcanza una fracción de la producción original de células T.

¿Cómo se puede fortalecer el timo?

Según los conocimientos actuales, no es posible fortalecer o regenerar el timo de forma específica. Asimismo, no existen pruebas científicas que respalden la conocida práctica de «dar golpecitos en el timo» como método para estimular realmente su función o la producción de células T. Actualmente se investigan enfoques experimentales, como el uso de factores de crecimiento.

Resulta más realista compensar el declive de la función tímica apoyando, en su lugar, al sistema inmunitario en su conjunto; por ejemplo, mediante un aporte específico de vitamina D, zinc, selenio y vitamina C, así como a través de un estilo de vida que minimice la inflamación.

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